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Microhábitos

El hombre es un animal de costumbres‘ dijo el escritor Charles Dickens. No podemos negar que tenemos adquiridos unos hábitos (buenos y/o malos) y nos cuesta sudor y lágrimas cambiarlos.

Un hábito no es más que una acción que se realiza de la misma manera o de forma similar una y otra vez. Se repite tantas veces que nuestro cuerpo y nuestra mente lo interioriza. Los hábitos pueden ser buenos para nosotros mismos, como por ejemplo cepillarte los dientes después de cada comida, o perjudiciales, por ejemplo fumar.

Usando los términos del autor Israel García, a partir de ahora llamaremos a los hábitos que son realmente beneficiosos para ti y para cumplir tus objetivos ‘SUPER HÁBITOS‘. Por ejemplo salir a correr puede ser un súper hábito para ti, otros pueden ser ordenar tu escritorio, meditar o simplemente hacer un buen desayuno por la mañana. Los súper hábitos son estas rutinas que sabes que son necesarias para mejorar. Y precisamente son las más difíciles de mantener. Por falta de motivación, de tiempo, de fuerza de voluntad, de organización… o por lo que sea acabamos volviendo a los antiguos hábitos (que son los que hemos repetido desde hace años y hacemos de forma automática).

Y aquí es donde los ‘MICRO HÁBITOS‘ pueden marcar la diferencia. Los micro hábitos no son más que súper hábitos que se pueden realizar en poco tiempo, de 3 a 7 minutos. Realizar cualquier actividad durante ese periodo corto de tiempo es más fácil de conseguir y de mantener en el tiempo. De modo que resulta más fácil repetirlo hasta que se convierta en un súper hábito. Estar una hora corriendo es más difícil que correr durante 3 minutos. Leer durante media hora cada día es más improbable de conseguir que leer 5 minutos. Quizás parezca que no merece la pena dedicar tan poco tiempo, pero es mejor un poco cada día que mucho una sola vez.

Ya no podemos usar la típica excusa de ‘no tengo tiempo’. ¿Quién no tiene 5 minutos al día? Mi micro hábito es la lectura, que desde que nació el bebé está bastante parada. Así que he empezado con mis 3 minutitos de lectura diaria. Y a vosotros ¿se os ha venido a la cabeza algún hábito que queráis cambiar o implementar?

¿Qué he hecho yo para merecer esto? ¿Por qué todo me pasa a mí?

¿Qué he hecho yo para merecer esto? ¿Es que todo me pasa a mí? Seguramente te has recordado diciendo esto alguna vez, o conoces a alguien que se queja todo el tiempo y que el mundo está en su contra. Cuando esto ocurre, hemos activado el modo ‘víctima’ y culpamos a algo o a alguien externo de nuestra insatisfacción. Estar en modo víctima no es malo si ocurre de vez en cuando, pero mantenerlo durante mucho tiempo puede perjudicarnos a muchos niveles.

Cuando somos víctimas, y el culpable es un ser o situación externa, no tenemos ningún tipo de control sobre lo sucedido. Esto nos hace sentir inseguros y débiles, pues parece que no llevamos el timón de nuestra vida. Y la inseguridad viene de la mano de introversión, miedo, susceptibilidad, mal humor y un empeoramiento de nuestras relaciones sociales.

¿Qué podemos hacer al respecto? Elegir ser ‘responsable’ (que no es lo mismo que ‘culpable’). Cuando uno elige ser responsable de lo que sucede se pregunta: ‘¿qué podría haber hecho yo para evitar que pasara?¿Qué debería cambiar para la próxima vez?’ Cuando estás modo responsable aceptas lo que ha ocurrido y tomas el control de la situación, al menos de la parte que depende de tí. De este modo el sentimiento es diferente, la sensación de control te da seguridad y conlleva una mejor actitud ante lo sucedido, ante la vida y ante lo que esté por venir. Por tanto tu autoestima y tu motivación sube.

Un ejemplo muy sencillo pero ilustrativo del contraste entre víctima y responsable es el siguiente. Tienes que estar a las 10 de la mañana en la parada del autobús. Habitualmente te despiertas temprano pero esa mañana te quedas dormida y no te da tiempo de llegar a la hora prevista.

Opción víctima: ‘¡Ay qué ver!¡Me he quedado dormida! ¡Todos los días me levanto temprano menos hoy! ¡qué torpe soy! (Y le dices a tu madre/padre/pareja/hij@) ¿Por qué no me has despertado?¿No te has dado cuenta de la hora que era? ¡Maldito despertador! ¡Precisamente hoy no suena! ¡Ya no llego a tiempo! ¡He perdido la oportunidad!…ect.

Opción responsable: ¡Ay qué ver!¡Me he quedado dormida! ¿Puse el despertador? Voy a comprobarlo y lo voy a poner a punto para que no vuelva a pasar. Debería comprobar el despertador por la noche antes de acostarme. Voy a llamar a …. para avisar de que no voy a a llegar a tiempo. Quizás pueda retrasar la cita.

La diferencia de actitud es notable. La víctima es reactiva, no reacciona, sólo se queja. Mientras que el responsable es proactivo, toma la iniciativa, no se queda esperando. ¿En qué momentos o ámbitos de tu vida estás siendo víctima y en qué otros responsable? Quizás podamos hacer algo diferente para conseguir resultados distintos.

Todo esto y mucho más lo aprendí del curso de PIIE (Programa de Implementación de Inteligencia Emocional) en el aula impartido por el coach Alberto Ortega. Os dejo en enlace a su web 👈 y su facebook 👈, donde podréis encontrar artículos y vídeos muy interesantes.

Visión

El mi última publicación os animaba a todos a escribir cómo sería la vida de tus sueños. A redactar con todo lujo de detalles cuál es la vida que quieres alcanzar, visualizar tu futuro ideal. Y así, poder desglosar unos objetivos concretos a conseguir que nos acerque a ese futuro.

Es lo que en inteligencia emocional llamamos ‘visión’. Una competencia que es muy importante para la vida, da igual la edad que tengas. La práctica que hicimos en una sesión de inteligencia emocional consistía en recoger papelitos del suelo. En la primera ronda nos dijeron: ‘ Hay que recoger el máximo número de papelitos posible en un minuto.’ En la segunda ronda la instrucción era: ‘Hay que recoger el máximo número de papelitos posible en un minuto. El que más papelitos recoja, conseguirá un paquete de gominolas.’ Lo que descubrimos tras el juego era que casi todos recogimos más papelitos en la segunda ronda, tras saber la recompensa.

¿Qué quiere decir esto? Que cuando tenemos en mente la meta final, nuestros resultados son mejores. Por eso, es tan importante que tengamos ‘visión’, que tengamos presente aquello que queremos lograr.

Se ha demostrado que cuando ponemos algo por escrito nuestros cerebro lo memoriza e interioriza mejor. Por eso este año propongo escribir en un cuaderno, journal o agenda para visualizar nuestros sueños.

No obstante, hay personas que prefieren hacerlo de forma más visual. Si es este vuestro caso podéis hacerlo estableciendo como fondo de pantalla del ordenador o el móvil imágenes que os recuerden vuestra meta o elaborando un tablero de visión para decorar vuestro dormitorio o estudio. Esto consiste en poner a la vista imágenes que os inspiren para conseguir vuestros objetivos. Puede ser en un corcho, en el frigorífico o colgando cuadros pequeños. En google o Pinterest podéis encontrar muchos ejemplos.

Espero que os animéis y os dediquéis unos minutos para vosotros para diseñar vuestro futuro. Y elaboréis el mapa para conseguirlo.

Lo que piensas tú sobre tí vs lo que piensan los demás.

El autoconcepto que tenemos de nosotros mismos se forma uniendo lo que pensamos de nosotros mismos y lo que  piensan o creemos que piensan los demás. Esta imagen que tenemos de nosotros mismos es la que nos va a motivar y dar fuerza en la vida para conseguir lo que deseemos, para no darnos por vencidos ante las dificultades. Es por eso, que en cualquier proceso de cambio, debemos trabajar primero en nosotros mismos. En nuestra autoestima.

La metáfora del iceberg, de Virginia Satir (trabajadora social y psicoterapeuta estadounidense) estima que, al igual que ocurre con un iceberg, las personas sólo mostramos a la superficie un porcentaje muy pequeño de lo que somos en realidad. Digamos que lo que se ve en la superficie es un 20% de nosotros, frente a un 80% que queda oculto en nuestro interior.

El 20% que se muestra corresponde a la conducta y acciones que llevamos a cabo en nuestra vida diaria.

El 80% restante son las emociones, los pensamientos, las expectativas, los sentimientos, los deseos, las percepciones, etc.

Es por esto que se dice “nunca se conoce de verdad a la gente”. Porque es muy difícil llegar al 100% de una persona. De la mayoría sólo conocemos lo que nos enseña, ese 20% de la superficie. Y de tu círculo más íntimo quizás llegues al 50% o 60%, ya que compartís sentimientos, deseos y/o expectativas.

Por tanto, debemos tener claro que somos mucho más de lo que mostramos a los demás. La imagen que tienen otros sobre ti es sólo de esa pequeña parte de ti que enseñas al mundo. Tú eres y vales mucho más. Así que la importancia de lo que opinen otras personas sobre ti es relativa, debe ser tenida en cuenta siempre sabiendo que se refiere sólo a una parte muy pequeña de tu ser.  Igual pasa en sentido contrario. Cuando te sorprendas a ti mismo juzgando o criticando a alguna persona, intenta ser consciente de que lo que no te gusta son sus actos pero no lo la persona en sí. Su conducta (ese 20% de la persona) puede que sea cuestionable, pero desconocemos qué está ocurriendo bajo esa superficie (el otro 80%) para que se comporte así. Así que, en la medida de lo posible, intentemos no juzgar a la gente. Ni arrojar juicios de valor sobre alguien sin intentar conocerla mejor.

Tenemos claro ya dos cosas: la primera es que somos mucho más de lo que aparentamos y la segunda es que la opinión de los demás no es tan importante como parece. Sin duda alguna, que nos elogien o nos halaguen nos aumentará la autoestima, y nos sienta de maravilla jeje, pero el efecto es pasajero. Para que nuestra autoestima no dependa sólo de terceras personas, además de tener claro que somos “un iceberg”, podemos trabajarla de múltiples maneras. Voy a enumerar algunas:

  • Hacer cada día algo que te guste mucho.

Saca 15 o 30 minutos como mínimo al día para hacer algo que te guste mucho: ver una serie, salir a pasear o a correr, jugar con tu perro o con tu videojuego favorito, llamar a tu mejor amiga, hacer el amor, comer un postre especial…

  • Ser riguroso.

Ponte metas muy sencillas y fáciles de cumplir. Al ver que las consigues, automáticamente tu cerebro crea el mensaje “Yo sí puedo”. Que te permitirá incrementar la dificultad de las metas. Por ejemplo empecemos por tomar un vaso de agua cada mañana al levantarme. Cuando lo consigas tendrás mayor motivación para conseguir otra meta más difícil, por ejemplo, tomar fruta cada día a media mañana.

  • Escribir frases que te ayuden y ser visual.

Escribe mensajes que te motiven y déjalos a la vista: en el frigorífico, en el corcho de la oficina, en tu agenda, en la mesita de noche… Aunque no te pares cada día a leerlos, tus ojos pasan por esos mensajes rápidamente y, de forma inconsciente, el cerebro sabe lo que has escrito y te ayudará a motivarte.

  • Eliminar los asuntos pendientes.

Este, sin duda, es el más difícil de llevar a cabo para mí. Haz una lista de tareas que tienes pendientes desde tiempos inmemoriales y, sin prisas, ve realizándolas hasta ir eliminándolas todas. La satisfacción que sientes después de quitarte ese peso de encima que llevabas meses o años cargando te da un subidón de autoestima brutal. Ejemplos de estos asuntos pendientes que digo son: limpiar los zapatos, ordenar el armario, llamar a la abuela, montar la estantería del trastero, etc.

Durante las próximas semanas publicaré en mi cuenta de instagram ejemplos para aumentar la autoestima. Lo que yo hago y a mí me sirve. Escribidme en comentarios qué hacéis vosotros para motivaros, qué os funciona y que no.